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EL ALTAR DE LOS ADIOSES
POR JUAN CARLOS SOUR
ESCRITOR
Cuando la noche caía vertical sobre nuestros sueños, llegamos a
Pudahuel . Era una noche de julio, mi madre , mi hermana un tanto menor y yo. En aquel tiempo, tendría escasos seis años y sin duda grande fue mi asombro al subirme en Medellín y luego en Bogota a ese pájaro con alas de
lata que era el avión . Atrás quedó aquel recreo manso, mis abuelos colombianos , la hora del algo (once) las arepas con queso y los jugos de maracuyá , mascar caña de azúcar y salir con mi tío Roberto en motoneta a
recorrer la ciudad iluminada que es la Gran Medellín , las Pascuas en una ciudad , por lo menos respetablemente cristiana con sus enormes pesebres en cada plaza y los cánticos
de cada Iglesia, con sus villancicos . Puedo decir que en aquel lugar se respiraba ese aire de real misticismo , paz y respeto ( la vieja Colombia ) no la de nuestros días . Luego la neblina ,el frío de un aeropuerto
sepulcral y a la salida del anden , las figuras fantasmales de mi padre y hermanos , luego al viejo auto Chrysler Inglés y las calles como paraderos en amanecida .Quinta normal con sus luces moribundas en una ciudad
mortal , después la antigua casa en la república independiente de San Miguel , el barrio donde hasta los delincuentes conocían los viejos códigos del honor y el respeto , el taller donde mi padre nos enseñó que la vida es
una apuesta todos los días. Como la de mi abuelo, cuando se subió a un barco a los 18 años , para cruzar el Atlántico desde su natal Francia hasta Buenos Aires , junto a su madre y hermano. Todo esto cuando el siglo XX
aun no comenzaba ¡duro le tocó al viejo! Todavía existen esas viejas y derruidas construcciones junto al Río de La Plata , donde se encontraban las fabricas de vidrio, a las que mi abuelo entró siendo un adolescente ,en
un Buenos Aires tórrido y caluroso con una humedad que en los meses de noviembre y diciembre es insoportable. Dantescas tienen que haber sido estas fábricas del averno . con sus enormes hornos prendidos día y noche, pero
el viejo era de la mejor estirpe, le tocó ver morir a su madre y su hermano que se arrojó a la vía del tren , para después quedar absolutamente solo ,en un país y una cultura muy diferente a la suya , alrededor del 1900 ,
cruzó la cordillera de los Andes a lomo de mula hacia Chile , conoció a mi abuela y se casaron en 1905 ,luego se dedicó a hacer hornos por todo el país, se transformó en un errante se quedaba en los lugares el tiempo
necesario que demandaba la construcción de los hornos, sabia vivir , era muy diferente a mi padre siempre taciturno y malhumorado , el viejo era alegre, quizás porque le tocó sufrir bastante. Cuando terminaba su trabajo,
en fin de semana, solía oírsele cantando en cualquier boliche del pueblo canciones en francés y castellano con su tremendo vozarrón , pues era muy alto y corpulento. Desgraciadamente para mí lo conocí siendo él ya muy
viejo y yo apenas un adolescente, pero a pesar de todo pude contemplar en los almuerzos del domingo como le gustaba ponerle vino a la sopa y hacer dados con las migas de pan de las marraquetas le fascinaba comer caracoles
y enseñar una que otra palabra en francés , además de mandar a mi hermano mayor a comprar tabaco para su pipa y un boleto de la lotería ,cuando mi hermano cumplía con su encargo le colocaba un billete encima de la oreja .
El viejo nunca molestó a nadie hasta el final cargó con su humanidad a cuestas ,no dejó cuentas que saldar ni odios que arrastrar , al final como escribió Amado Nervo el viejo le susurró a la vida “vida nada me debes ,
vida estamos en paz “.
JUAN CARLOS SOUR M.
ESCRITOR
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