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Lunes, 28 de Abril de 2003 00:58:01

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EL  ALTAR   DE  LOS    ADIOSES

POR JUAN CARLOS SOUR

ESCRITOR
 

Cuando la noche caía vertical sobre nuestros sueños, llegamos a Pudahuel . Era una noche de julio, mi madre , mi hermana un tanto menor y yo. En aquel  tiempo, tendría escasos seis años y sin duda grande fue mi asombro al subirme en Medellín y luego en Bogota a ese pájaro con alas de lata que era el avión . Atrás quedó aquel recreo manso, mis abuelos colombianos , la hora del algo (once) las arepas con queso y los jugos de maracuyá , mascar caña de azúcar y salir con mi tío Roberto en motoneta a recorrer la ciudad iluminada que es la Gran Medellín , las Pascuas en una ciudad , por lo menos respetablemente cristiana  con sus enormes pesebres en cada plaza y los cánticos de cada Iglesia, con sus villancicos . Puedo decir que en aquel lugar se respiraba ese aire de real misticismo , paz y respeto ( la vieja Colombia ) no la de nuestros días . Luego la neblina ,el frío de un aeropuerto sepulcral y a la salida del anden , las figuras fantasmales de mi padre y hermanos , luego al viejo  auto Chrysler Inglés y las calles como paraderos en amanecida .Quinta normal con sus luces moribundas en una ciudad mortal , después la antigua casa en la república independiente de San Miguel , el barrio donde hasta los delincuentes conocían los viejos códigos del honor y el respeto , el taller donde mi padre nos enseñó que la vida es una apuesta todos los días. Como la de mi abuelo, cuando se subió a un barco a los 18 años , para cruzar el Atlántico  desde su natal Francia hasta Buenos Aires , junto a su madre y hermano. Todo esto cuando  el siglo XX  aun no comenzaba ¡duro le tocó al viejo!  Todavía existen esas viejas y derruidas construcciones junto al Río de La Plata , donde se encontraban las fabricas de vidrio, a las que mi abuelo entró siendo un adolescente ,en un Buenos Aires tórrido y caluroso con una humedad que en los meses de noviembre y diciembre es insoportable. Dantescas tienen que haber sido estas fábricas del averno . con sus enormes hornos prendidos día y noche, pero el viejo era de la mejor estirpe, le tocó ver morir a su madre y su hermano que se arrojó a la vía del tren , para después quedar absolutamente solo ,en un país y una cultura muy diferente a la suya , alrededor del 1900 , cruzó la cordillera de los Andes a lomo de mula hacia Chile , conoció a mi abuela y se casaron en 1905 ,luego se dedicó a hacer hornos por todo el país, se transformó en un errante se quedaba en los lugares el tiempo necesario que demandaba la construcción de los hornos, sabia vivir , era muy diferente a mi padre siempre taciturno y malhumorado , el viejo era alegre,  quizás porque le tocó sufrir bastante. Cuando terminaba su trabajo, en fin de semana, solía oírsele cantando en cualquier boliche del pueblo canciones en francés y castellano con su tremendo vozarrón , pues era muy alto y corpulento. Desgraciadamente para mí  lo conocí  siendo él ya muy viejo y yo apenas un adolescente, pero a pesar de todo pude contemplar en los almuerzos del domingo como le gustaba ponerle vino a la sopa y hacer dados con las migas de pan de las marraquetas le fascinaba comer caracoles y enseñar una que otra palabra en francés , además de mandar a mi hermano mayor a comprar tabaco para su pipa y un boleto de la lotería ,cuando mi hermano cumplía con su encargo le colocaba un billete encima de la oreja . El viejo nunca molestó a nadie hasta el final cargó con su humanidad a cuestas ,no dejó cuentas que saldar ni odios que arrastrar , al final como escribió Amado Nervo  el viejo le susurró a la vida “vida nada me debes , vida estamos en paz “.

                                                                                             

 

                                                                                                  JUAN CARLOS SOUR M.

                                                                                                            ESCRITOR



                                                                 

 

 
   
   
 

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